martes 25 de septiembre de 2007

mirando hacia todos los lados

Mi pulgar acaricia el índice, suavemente y en círculos. Mis dedos repasan la comisura de mis labios, la prematura barba, mientras pienso el cómo. Mis manos se vuelven a entrelazar simétricamente, alineando de nuevo los pulgares enfrentados. Miro mis pulseras, las muevo con pausa, hacia atrás y adelante, despacio, como si me fuesen a dar alguna especie de pensamiento extra que antes no tuviese. Amuletos al fin y al cabo de uno que no cree mucho en la buena suerte, aunque estoy seguro de que la mala existe y me visitó en alguna ocasión, supongo que me encontró en un despiste, al cruzar una esquina, en el ascensor, atándome un zapato, esas ocasiones en las que no puedes escapar. En Salamanca encontré un pueblo desierto, derruído sin razón por el paso del tiempo, sin saber la razón, lo cual me da alas a pensar el porqué me lo encontré así. Casas de piedra y madera, rotas, caídas, como un niño cuando juega con castillos de arena y el mar se los lleva por delante. Ventanas, paredes que no se sujetan a nada... una visión fantasmagórica, pero muy acorde a los tiempos en los que vivimos en los que todo está destartalado por dentro, no sólo de las casas sino de las personas. Todo un pueblo abandonado, dejando que muera, mientras que muchos no pueden si quiera pagar una habitación en un hostal para pasar una noche.